La historia de Difunta Correa, una madre que murió en el desierto mientras buscaba a su esposo, dio origen a una de las devociones populares más importantes de Argentina.
El folclore argentino esta atravesado por historias que, transmitidas de generación en generación, lograron trascender el tiempo para convertirse en verdaderas leyendas populares. Entre ellas sobresale la historia de la Difunta Correa, una mujer que, según la creencia popular, murió en el desierto sanjuanino mientras buscaba a su esposo, pero cuyo hijo sobrevivió alimentándose de su pecho. Ese episodio, lejos de olvidarse, juntó a miles de devotos, dando origen a uno de los cultos más populares del país.
La odisea de Difunta Correa que terminó en tragedia
La historia inicia en el pueblo de Angaco, provincia de San Juan. Allí vivía Deolinda Correa junto con su pequeño hijo y su marido, Clemente Bustos. Según testimonios, su vida era tranquila. No había preocupaciones en su vida hasta que llegó el año 1840.
En un contexto donde milicias visitaban a los vecinos para pelear en el frente de batalla, la sorpresa tocó la puerta de la amorosa familia. Bustos fue reclutado para ir a pelear en el enfrentamiento de unitarios y federales. La noticia no fue bien recibida por Dolinda. Negándose a vivir una vida sin su esposo, se preparó con alforjas con dos “chifles” de agua y provisiones y, cargando a su hijo, emprendió el viaje hacia el encuentro con su amado.
En su odisea, se sumergió en los desiertos sanjuaninos en la zona de Vallecito donde siguió las huellas de aquellos que perseguía, por lo que el mapa y el camino ya estaban trazados. Pero, el destino quiso que no cumpliera con lo querido y, tras varios días de calor, caminata y al terminarse lo que tenía para alimentarse e hidratarse, cayó tendida sobre un algarrobo donde finalmente murió.

El santuario y la tumba de Difunta Correa
Según la leyenda, un solo día tuvo que pasar para que unos arrieros que se encontraban deambulando por la zona oyeran el llanto de un bebé. Estos, extrañados por el sonido, fueron a buscarlo. Al llegar, encontraron al bebé sobre el cuerpo fallecido de Deolinda. Según cuenta la historia, el pequeño, inocente e indefenso, se mantuvo con vida gracias a los pechos de su madre que aún podían darle de comer. Los que se toparon con el cuerpo de Correa decidieron enterrarla bajo un árbol y llevarse a su hijo a un lugar donde el viento se llevó su ubicación.
Sus creyentes creen que ese episodio fue el primer milagro de su figura. Muchos creen que Correa, al sentir que estaba por llegar su último aliento, le pidió un favor a alguna virgen para que su niño pueda seguir con vida. Pero, al poco tiempo, un episodio hizo que el mundo entero comenzara a pedirle ayuda.
Un rayo de luz que alimentó el culto
Con el paso de los años, la fama de la difunta comenzó a extenderse por la región. Una de las historias más repetidas tiene como protagonista a Zeballos, un arriero chileno que atravesaba el desierto cuando una fuerte tormenta dispersó todo su ganado. Desesperado ante la posibilidad de perder los animales de los que dependía su sustento, el hombre llegó hasta la tumba de la mujer y le hizo una promesa: si lograba recuperar el rebaño, levantaría un altar en su honor.
Según cuenta la leyenda, al amanecer del día siguiente salió nuevamente en busca de los animales y los encontró reunidos y pastando con tranquilidad. Convencido de que había recibido una ayuda milagrosa, Zeballos cumplió con su palabra.

El santuario y la tumba de Difunta Correa
Allí donde hasta entonces solo había una sencilla cruz, comenzó a levantarse un espacio de devoción que, con el tiempo, se transformaría en el santuario de la Difunta Correa. La historia se propagó de boca en boca y cada vez más personas llegaron al lugar atraídas por los relatos de favores concedidos y supuestos milagros.
La consagración de su leyenda y la devoción por la santa
Aunque la Iglesia Católica nunca reconoció oficialmente a la Difunta Correa, la devoción popular logró sostener y expandir su culto a lo largo de las décadas. La fe de los peregrinos fue suficiente para convertir aquel paraje perdido en el desierto sanjuanino en uno de los santuarios más visitados del país.
Quienes llegan hasta allí lo hacen impulsados por todo tipo de pedidos. Algunos buscan una mejora en su salud, otros ruegan por trabajo o protección para sus seres queridos. Las paredes del santuario están cubiertas por placas, fotografías y mensajes que relatan historias personales y agradecimientos por favores que los fieles atribuyen a la intervención de la Difunta.

Un pequeño altar homenaje a la Difunta Correa
Con el paso de los años, la devoción por la Difunta Correa se extendió por todo el país. Siguiendo el ejemplo de Zeballos, sus fieles levantaron altares en rutas y caminos, donde es habitual encontrar cientos de botellas de agua como ofrenda, un gesto simbólico para que nunca vuelva a sufrir la sed que, según la leyenda, le costó la vida. Actualmente, su santuario y la tumba se encuentran en la localidad de Vallecito, en el departamento de Caucete, provincia de San Juan.
Y el viento sigue recorriendo ese desierto, el lugar donde una vez la figura de Difunta Correa se habría posado junto a su bebé. Hoy en día, cada botella de agua depositada junto a su imagen mantiene viva una leyenda que nació de la tragedia y se transformó en símbolo de esperanza.

